uando escuché por primera vez la propuesta, no sentí entusiasmo. Andrés Stremiz llegó hablando de hacer algo en neurocirugía, y yo —no sé por qué— nunca había pensado en ella como una urgencia verdadera.
Estaba equivocado.
Empecé a revisar cifras: discapacidad por accidentes cerebrovasculares, mortalidad, secuelas. Números que deberían avergonzarnos. Pero lo más duro no fueron las estadísticas, sino una verdad más simple: todos conocemos a alguien.
Un familiar con ACV.
Alguien accidentado que necesitó una cirugía rápida y segura y que, aun así, no pudo acceder a un servicio digno porque faltaba un taladro.
No cualquier taladro.
Nuestro hospital público de referencia en neurocirugía no tenía un craneótomo funcional.
En otros lugares, un craneótomo es un instrumento cotidiano.
Aquí vivíamos la paradoja: profesionales excelentes trabajando sin una herramienta básica. Los equipos existentes llevaban años dañados. Su costo y complejidad habían vuelto imposible repararlos o comprar uno nuevo.
Así que empezamos.
El Rotary Club Trinidad Asunción asumió el proyecto.
Cada uno con lo suyo: yo, entre documentos, estructura, y asesores de IA para acelerar el trabajo técnico; Andrés, con su diplomacia, sus conexiones, su persistencia que no afloja. Noches sin dormir, papeleo interminable. Cada vez que creíamos tener una propuesta sólida, surgía algo que lo reordenaba todo: reiniciar la escritura, rehacer presupuestos, rediseñar mecanismos para conseguir recursos. Y vuelta a empezar.
Se sumó gente valiosa del club —el abogado, el tesorero— y también el equipo de Solidarity Bridge Foundation, aliados fundamentales de Rotary. En el camino aparecieron más personas y clubes de distintas partes del mundo, cada uno aportando lo que podía. Entre reuniones, ajustes y voluntades que se iban encadenando, el proyecto finalmente fue aprobado.
Hoy el Hospital Nacional de Itauguá ya tiene el equipo.
Es un taladro, sí. Y como pasa con cierta tecnología esencial, cuesta creer que algo tan pequeño pueda ser tan significativo, tan costoso, y tan crucial para salvar vidas.
Sabemos que no será suficiente. Sabemos que algunas piezas se desgastarán con el uso —porque es natural en estos instrumentos—. Por eso la siguiente fase ya está en marcha.
A veces el desarrollo no es una gran obra, ni un edificio nuevo, ni un anuncio brillante.
A veces es esto: un taladro de cráneos que permite que alguien viva.
Que permita que un país respire un poco mejor,
porque salvar una vida siempre cambia muchas más.
Agradecimiento a Rotary International Solidarity Bridge


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