Reflexiones desde el jurado evaluador de la Maestría en Dirección de Proyectos de la Universidad del Pacífico
Hace unos días me senté del otro lado de la mesa.
Como miembro del jurado evaluador en la Maestría en Dirección de Proyectos de la Universidad del Pacífico, tuve el privilegio de escuchar defensas de tesis que iban desde lo técnicamente sólido hasta lo genuinamente inspirador. Proyectos diversos, enfoques distintos, personas con historias únicas defendiendo meses —a veces años— de trabajo.
Mientras evaluaba, tomaba notas. No solo sobre metodologías o marcos teóricos, sino sobre algo menos evidente: qué hacían distinto quienes lograban conectar, convencer y —no exagero— brillar en esos minutos cruciales.
Esto es lo que observé. Lo comparto para quien lo necesite.
1. El contexto como acto de generosidad
Algunos estudiantes abrieron su presentación con algo inesperado: contaron por qué eligieron ese tema. No el qué ni el cómo, sino el por qué personal. Sus motivaciones, su formación previa, lo que esa tesis significaría para sus empresas o para sus propias vidas.
A primera vista podría parecer un desvío. No lo es.
En dirección de proyectos y en las ciencias sociales, el contexto del investigador no es un sesgo a ocultar, sino una clave de lectura. Entender de dónde viene alguien ayuda a comprender hacia dónde apunta su trabajo.
El jurado no evalúa documentos en abstracto. Evalúa personas defendiendo ideas. Quienes ofrecieron ese contexto nos permitieron ser más justos con ellos.
2. La preparación que no se ve, pero se nota
Hubo estudiantes que llegaron con fichas bibliográficas, tablets con referencias, apuntes organizados. No para leerlos, sino para tenerlos disponibles si era necesario.
Eso se notó. Mucho.
La preparación genuina no es memorizar un guion. Es haber trabajado lo suficiente como para no perder el hilo, evitar redundancias e ir directo a lo esencial. Quienes se prepararon así respondieron con fluidez, citaron fuentes sin titubear y manejaron los tiempos con precisión.
La seguridad que transmitieron no era ausencia de nervios —todos los teníamos—.
Era trabajo acumulado.
3. La escucha activa como herramienta estratégica
Este punto es el más sutil, y probablemente el más poderoso.
En toda defensa de tesis, el jurado hará observaciones. Algunas serán fáciles de responder. Otras incomodarán: cuestionarán decisiones metodológicas o reflejarán posturas distintas a las del sustentante.
Quienes navegaron mejor esos momentos compartían una práctica común: escuchaban completamente antes de responder. No interrumpían. No se apresuraban a defenderse. Dejaban terminar la pregunta, tomaban unos segundos —a veces anotaban algo— y luego respondían reconociendo la perspectiva del jurado antes de ofrecer la propia.
Esa pausa de tres o cuatro segundos no transmitía duda. Transmitía reflexión.
Y algo más: en varios casos, esa escucha activa transformó una pregunta difícil en una conversación productiva. No defendían su tesis como quien defiende una fortaleza. La defendían como quien dialoga entre colegas.
Una reflexión final
La defensa de tesis no es un examen donde se aprueba o reprueba un documento. Es una oportunidad —quizás la última del proceso académico— de demostrar que no solo investigaste un tema, sino que aprendiste a pensarlo en voz alta, con otros, bajo presión.
Defender una tesis no es demostrar que sabés.
Es demostrar que podés pensar con otros cuando el margen de error es mínimo.
Los estudiantes que observé estos días me recordaron que la excelencia académica no está solo en las páginas de una tesis. Está también en cómo la sostenés cuando te toca defenderla.
¿Qué otro consejo considerás esencial en situaciones como esta? Me encantaría leerte.

Mi agradecimiento a la Universidad del Pacífico por la invitación a formar parte del jurado evaluador de la Maestría en Dirección de Proyectos. Experiencias como esta renuevan el sentido de lo que hacemos quienes trabajamos en educación.


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