El circo de cada mañana
Todos los días —se los juro— me despierto y alguien en X descubre que la IA ahora es quince veces más rápida. Ayer era diez. La semana pasada, cinco. A este ritmo, para julio la inteligencia artificial va a resolver la teoría de cuerdas mientras prepara un risotto y me juzga por no saber emulsionar.
Hoy se lanzó Gemini 3.1 Pro Ultimate Advanced Edition Nexus Enterprise Maximum. Claude Opus 47. GPT-Next-Ultimate-Pro-Max. Cada modelo es «revolucionario», cada benchmark es «histórico», cada demo es «el futuro del trabajo». Y yo, que llevo dos años usando IA todos los días —que doy clases de IA generativa aplicada a proyectos sociales, que asesoro empresas en su implementación, que genuinamente creo en su potencial— sigo peleando con un chatbot para que me escriba un correo decente sin sonar como un robot motivacional atravesando una crisis existencial en LinkedIn.
No se me puede acusar de escéptico. He sido promotor, docente, consultor, evangelista si quieren. Pero hay un momento en que uno tiene que parar, respirar, y preguntarse: si cada semana la IA es exponencialmente superior a la anterior, ¿por qué todavía inventa referencias académicas con la confianza impecable de un estudiante que no leyó el libro pero igual levanta la mano?
La gente no compila
El circo de los titulares es apenas el síntoma. La enfermedad es otra, más silenciosa y más interesante.
Existe una creencia casi religiosa sosteniendo buena parte del hype: cuando la IA resuelva toda la programación, resolverá todo lo demás. Como si el mundo fuera un repositorio de GitHub particularmente desordenado que solo necesita un refactor y dos tests bien escritos.
Pero el mundo no es un repo. El mundo es gente. Y la gente no compila.
Piénsenlo un segundo: si la solución a los problemas complejos de la humanidad fuera esencialmente computacional, bastaría con escalar talento y café.
Y sin embargo, negociar una política pública de salud en Paraguay no funciona igual que debuggear una aplicación. Convencer a un ministro de que invierta en prevención de ceguera requiere contexto, cultura, paciencia, cintura política y a veces un café bien largo. Cosas que no entran en un prompt, y que cuando entran, se deforman.
La historia no es un dataset
Y si creen que el problema es solo político, miren a las ciencias sociales. Si analizar la historia fuera un asunto de sistematización y procesamiento de datos, ya tendríamos una epistemología cuantitativa capaz de predecir revoluciones como quien predice el paso de un cometa. Pero no la tenemos. Porque la historia no es un dataset: es contradicción, contexto, memoria selectiva y gente tomando decisiones irracionales un martes a las tres de la tarde.
Si la literatura fuera escribir bonito, ya tendríamos novelas generadas por IA que nos hicieran llorar. Pero no las tenemos. A la máquina le aterra la ambigüedad, huye de las contradicciones y de ese «gris» que hace humana a una buena historia. La estadística te puede resolver la trama con precisión quirúrgica, pero te aplasta el subtexto. Porque escribir no es combinar palabras con elegancia matemática: es saber exactamente dónde poner el silencio.
Todo el cine del mundo en una olla con tomates
Hace unas semanas apareció un modelo chino de video —impresionante, hay que decirlo— que genera escenas de acción inimaginables. Tom Cruise peleando con Brad Pitt en un segundo piso: los golpes perfectos, la iluminación cinematográfica, la física de los cuerpos impecable. Extraordinario. ¿Pero vieron algún argumento detrás de esa pelea? ¿Alguna intencionalidad narrativa? ¿Alguna emoción más allá del hype adolescente de «mira lo que puede hacer»? Las películas que más nos conmueven suelen ser las más quietas. Piensen en la escena de la cocina en El Padrino: un viejo enseñándole a su hijo a hacer salsa. Ningún golpe, ningún efecto especial. Todo el cine del mundo en una olla con tomates. Eso no se genera. Eso se entiende.
Confundir esa brutal capacidad de procesamiento con comprender el mundo es como confundir velocidad con dirección. La programación no es sabiduría.
Las alas son tuyas
Y aquí es donde creo que nos perdimos: la conversación sobre inteligencia artificial se convirtió en un partido con dos equipos. O estás con la IA o estás contra ella. Los entusiastas que prometen el paraíso automatizado contra los apocalípticos que ven a Terminator en cada chatbot. Y en esa pelea binaria se nos escapó la única opción que tenía sentido: cooperar.
¿Qué pasó con la herramienta? ¿Cuándo dejamos de hablar de la IA como algo que nos asiste y empezamos a hablar de ella como algo que nos reemplaza o nos salva?
Porque yo la uso todos los días y ni me salvó ni me reemplazó.
Me acelera.
Y esa es la palabra que nadie quiere escuchar porque no vende titulares: la IA acelera. Acelera el acierto, sí, pero también acelera el error. Acelera la producción de un buen análisis y también la producción de basura con formato bonito. Si tu pensamiento es mediocre, la IA te da mediocridad a escala industrial. Si tu pensamiento es riguroso, la IA te da alas.
Pero las alas son tuyas. No de ella.
El promedio sigue siendo promedio
Y sí: si escribiste un ensayo enteramente con IA, créeme, se nota. No porque «escriba como robot», que es lo que suele decirse, sino porque sus ideas son simples. Básicas. Llenas de clichés. La IA no piensa mal; el problema es que no piensa. Predice. Y la predicción más probable no es la más interesante: es la más promedio. El promedio con buena ortografía sigue siendo promedio.
Sensatez
Así que mi propuesta es modesta, casi aburrida: sensatez. Dejemos de necesitar un milagro de la IA cada mañana. Dejemos de medir su valor en benchmarks que nadie entiende y empecemos a medirlo en si nos ayudó a resolver un problema real hoy. No más mesías digitales. No más titulares de «la IA ahora tiene un IQ de 247». Más café, más conversación, más pensamiento propio —y una herramienta extraordinaria al lado que hace exactamente lo que le pedimos, ni más ni menos.
La semana pasada vi un meme: alguien le preguntó a una IA cómo llevar su auto al taller mecánico. La IA le recomendó ir caminando. El tipo agarró las llaves y manejó.
Eso es todo. Eso es cooperación.
Yo pongo el sentido común; ella pone la velocidad. Y el día que entendamos eso, dejamos de exigir milagros todos los días a las ocho de la mañana… y quizás, por fin, dejo de corregir el mismo correo una y otra vez como si fuera un corte de la ANDE. Nota: Gracias, Nano Banana, por la imagen y Claude,por ser el compañero de edición.


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