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Demostrar que uno es humano

Predico entre dos hordas. Y estoy aterrado, genuinamente aterrado. Pareciese que existen dos maneras de hablar de inteligencia artificial hoy; las dos me asustan y a mi criterio me parecen un profundo error.

La primera avanza con antorchas. Para ellos la IA es el demonio, no importa por dónde se la mire: el agua, la energía, el ambiente, la muerte del arte, la desaparición de la escritura. Hacen ruido, mucho ruido. Y queman lo que tocan.

Vi el caso de Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura, que contó que usa un modelo de lenguaje para desarrollar mejor algunas ideas. Me pareció lo más sensato del mundo: una herramienta, no un reemplazo. Igual le armaron la hoguera.

La segunda parece más amable. Va mejor vestida, sonríe, habla del futuro. Son como la familia de «¡Huye!»: encantadores, hasta que entiendes para qué te invitaron a la casa. Para ellos la IA es la salvación: de la educación, de la salud, del trabajo, del dinero, de todo. Un sueño infantil de algo que por fin viene a rescatarnos.

Son igual de violentos. Solo que que aparentan mejores modales.

Yo estoy en la mitad y predico algo incómodo: que todo es más complejo y que esa complejidad es, precisamente, lo que hay que cuidar, la complejidad como un valor constitutivo de la IA, de esta epoca y de sus implementaciones.

No todas las críticas a la IA son histeria. No todo entusiasmo es cinismo. Pero cuando el debate se vuelve horda, deja de pensar. Y cuando deja de pensar, empieza a castigar.

Todo esto empezó por una conversación que he tenido esta mañana y que me ha dejado boquiabierto; parece un arma de la segunda horda cuando se pone nerviosa: los detectores de inteligencia artificial.

Me dirán que ya funcionan, que la tecnología mejoró. Y en parte es cierto. En 2023, un estudio asociado a Stanford mostró que varios detectores marcaban como artificiales más del 60 % de los textos de estudiantes que no escribían en su lengua materna: gente inocente, castigada por escribir en un idioma prestado. En 2025, dos economistas de la Universidad de Chicago hallaron que algunos sistemas más recientes alcanzaban márgenes de error mucho menores.

Pero esa palabra, precisión, me despierta dos sospechas que nadie investiga con la seriedad que merecen.

La primera es un secreto a voces: buena parte de la ciencia que mide la IA la financia, la promueve o la firma gente con intereses en la IA. Quien vende el detector suele costear el estudio que lo corona. No afirmo que todos mientan; afirmo que llamar ciencia neutral a un sistema de incentivos tan contaminado es, por lo menos, ingenuo. La precisión también se fabrica.

La segunda me importa más, porque es mi verdadero punto. Aunque el detector fuese infalible, lo que desata a su alrededor es una carrera sin destino. El alumno aprende a burlar la máquina; la máquina aprende a cazar al alumno; el alumno vuelve a burlarla. Una persecución infinita donde nadie estudia, nadie enseña y todos se vuelven más diestros en el engaño. Convertimos el aula en un duelo de astucias. Y un duelo de astucias no forma a nadie o por lo menos, no es lo que yo creo que debe ser la educación, la universidad, la sagrada aula de clase.

Y todavía hay algo peor, porque esa máquina no solo pervierte el juego: se equivoca. Y cuando se equivoca, no pide perdón.

Lo he leído en foros de estudiantes, en conversaciones con profesores, en relatos que se repiten con una angustia casi idéntica. Una estudiante reescribe su trabajo hasta que el detector la deja pasar, y entonces la califican más bajo, porque su redacción «ya no parece de nivel de posgrado».

Si escribes como académico, eres una máquina. Si escribes como un niño, no mereces el título. No hay jugada ganadora.

Un profesor pasa por el detector las guías oficiales de su propia universidad. Veredicto: 100 % IA. La institución no aprueba su propio examen.

A otra estudiante la reprueban con una sola prueba: una captura de pantalla que dice «100 % IA». Sin una muestra previa de su escritura, sin conversación, sin proceso. Con un trabajo enteramente suyo.

Y varios, sencillamente, se cansan.

No de escribir. De defenderse.

Lo más kafkiano no es el error: es lo que el error nos obliga a hacer. si aqui use una doble anafora una negación, ¿estará escrito con IA? Seguro que se piensa eso. ¿Acaso esta formula de esto es y no esto no puede escribirla un humano? al parecer ya no es asi. Y usaré ahora negrillas para que la condena de IA sea clara.

El consejo que más se repite ya no es «lee más», «piensa mejor» ni «reescribe con paciencia». El consejo ahora es otro: escribe en Google Docs, activa el historial de versiones, guarda cada borrador, conserva tus notas, registra cada movimiento, por si te acusan.

El estudiante ya no escribe: reúne pruebas para un juicio que todavía no ocurrió.

Invertimos la carga. Ahora hay que demostrar que uno es humano.

Aunque el detector acertara siempre, ya habríamos convertido el aula en una comisaría. Cambiamos la pregunta «¿aprendiste?» por «¿puedes demostrar que no eres una máquina?». Fundamos sobre la sospecha la relación entre quien enseña y quien aprende.

Es más fácil vigilar que enseñar. Sale más barato sospechar que formar.

La educación siempre tuvo algo de confianza. No una confianza ingenua, no una fe ciega en la bondad del estudiante, sino una apuesta mínima: que a nadie se lo trate, desde el primer minuto, como a un acusado.

Esa confianza se está rompiendo. Y no por culpa exclusiva de la IA.

La IA solo aceleró una enfermedad que ya estaba ahí: aulas masificadas, profesores agotados, instituciones obsesionadas con métricas, estudiantes entrenados para producir entregables antes que pensamiento. En ese escenario, el detector parece la solución perfecta, porque no exige transformar nada: solo promete señalar culpables.

Pero un policía no es lo mismo que un maestro. Y cuando una institución gasta más energía en atrapar que en enseñar, ya perdió, aunque su detector casi nunca se equivoque. Esto es casi un copiar de los textos de Paulo Freire que escribía esto en los 70 hace muchisimos años.

No tengo una solución envuelta para regalo; desconfío de quien la tiene. Pero sé algunas cosas.

Sé que la IA no va a desaparecer. Sé que prohibirla es una fantasía. Sé que celebrarla sin límites es una irresponsabilidad y sé que usar un detector como sentencia automática es una forma de cobardía institucional.

Porque la pregunta de fondo no es si una máquina puede escribir (otra vez la negación en serio ahora si me marcarán como IA). La pregunta es qué clase de humanos estamos formando cuando todo texto empieza bajo sospecha.

No tengo la respuesta. Pero no quiero buscarla solo, ni a los gritos, ni desde ninguna de las dos antorchas.

El miércoles me siento en la mitad —ese lugar incómodo— a pensarla en voz alta con quien quiera venir. Sin trucos, sin humo, sin apocalipsis. Una conversación honesta sobre cómo escribir, enseñar y crear sin entregarle el pensamiento a nadie: ni a la máquina ni al miedo.

Se llama «La IA no pica». Y es en serio: no pica. Lo que muerde es resolver mal el problema.

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