Babel en la oficina

Fue una hermosa sorpresa recibir la invitación de la ADEC para escribir en Última Hora una columna de opinión sobre Magnifica Humanitas, la encíclica del papa León XIV sobre inteligencia artificial.

Y lo sentí, desde el comienzo, como uno de esos desafíos que llegan con una mezcla extraña de alegría y vértigo. Porque me daba la posibilidad de escribir sobre un tema que amo profundamente —la inteligencia artificial—, pero a la vez me obligaba a moverme hacia un lugar que me importa todavía más: el de las ciencias sociales, el de la pregunta por lo humano, el de esa zona donde la técnica deja de ser solo herramienta y empieza a rozar algo más inquietante, más frágil, más nuestro.

Quise tomarme el texto en serio. Leerlo con lentitud. Como se leen las cosas que no quieren ser apenas comprendidas, sino también habitadas. Compré el libro en papel en Paulinas, subrayé páginas, hice notas al margen, dejé que algunas frases me acompañaran durante días. Y, al mismo tiempo, hice algo que me parecía coherente con el propio tema: pensar la encíclica también con ayuda de la IA. Armé varios podcasts para ordenar ideas, uno más panorámico y otro mucho más detallado, casi obsesivo, para ir desarmando sus capas y escuchar qué preguntas me devolvía.

Después vino lo más difícil: sentarme a escribir.

Escribí desde una inquietud muy concreta: esa sensación de que, si no somos capaces de pensarla con cuidado, la inteligencia artificial puede terminar pareciéndose a un Leviatán construido con nuestras propias pesadillas humanas. Una criatura alimentada por nuestra fascinación con el control, la eficiencia, la predicción, pero también por nuestros miedos, nuestras jerarquías, nuestras formas de deshumanizar, escribí al mismo tiempo, desde la intuición contraria: que todavía estamos a tiempo de evitarlo si somos capaces de pensarnos desde otro lugar. Desde la sinodalidad, desde la escucha, desde la responsabilidad compartida, desde una idea de inteligencia que no se reduzca al cálculo, sino que se abra, de verdad, al otro.

Comparto por acá la columna y también el podcast que grabé como parte de este proceso.

Gracias a la ADEC por una invitación tan generosa. Y gracias, también, por abrir un espacio para pensar la inteligencia artificial no solo como tecnología, sino como un espejo incómodo de lo que somos y de lo que podríamos llegar a ser.


Babel en la oficina

Empresa, inteligencia artificial y dignidad humana desde Magnifica Humanitas

Alexander Páez

En Asunción, a las tres de la madrugada, un sistema examina un currículum y lo descarta en una fracción de segundo, con rapidez, sin rencor, sin malicia visible. No existe el cansancio, tampoco los prejuicios que se confiesan frente al espejo. Quizá no decide. Quizá solo ejecuta. Para la máquina es una cifra. Para quien queda afuera, un abismo.

Nadie firma esa exclusión.

A la misma hora, en Ciudad del Este, otro sistema envía avisos de despido a quienes no alcanzaron la cuota. La empresa duerme. La máquina trabaja. La decisión circula sin alma.

La inteligencia artificial no desciende pura sobre nuestras empresas: llega rodeada de nuestras manos. Las manos de quienes la diseñan, la compran, la entrenan y luego se las lavan ante aquellas decisiones. Esa es la trampa. Como advierte Magnifica Humanitas, la tecnología «toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». No es mala. Pero tampoco es inocente. Por eso la pregunta nunca es solo técnica: es moral.

La empresa quiere ser eficaz y es comprensible. También quiere ser inocente y eso ya es más difícil: la IA le ofrece hacer pasar por necesidad técnica lo que sigue siendo una decisión humana. El algoritmo puede ser herramienta; no obstante, cuando toma decisiones, cuando crea elementos, pasa a ser un agente activo de las decisiones de la empresa.

En esa pendiente, la empresa levanta su propia Babel: una torre veloz, admirada por fuera, donde las órdenes bajan de un piso que nadie conoce. Babel no se detuvo por falta de ladrillos ni fracasó por falta de ingeniería: se detuvo cuando sus constructores dejaron de comprenderse y quedaron atrapados detrás del muro de la torre.

Nehemías propuso lo contrario. Ante una ciudad rota, no esperó un plan perfecto ni levantó una torre. No hubo espectáculo. Repartió la obra y cada familia reconstruyó el tramo que tenía frente a su casa. La grandeza no estaba en la altura, sino en la responsabilidad compartida. La sinodalidad hecha cotidianidad, una forma de construir juntos —incluso de construir juntos la inteligencia artificial—, sin abandonar a la máquina aquello que exige juicio moral. Cada empresa tiene su tramo: capacitar antes de reemplazar, conversar antes de automatizar, revisar el algoritmo, explicar y de ser necesario, sentir en el cuerpo la decisión que afecta una vida.

Un algoritmo no tiene conciencia. Una empresa sí debería tenerla, porque cuando nadie responde no se vuelve moderna: se vuelve inhabitable.

En Paraguay son las tres de la madrugada, los empleados duermen, la IA sigue despierta y detrás de aquel currículum hay un paraguayo de a pie: alguien que madruga, sostiene a los suyos y espera una oportunidad. Tal vez nunca sepa que lo apartó una regla, una correlación, una sombra estadística. Su destino y el de la empresa que lo rechazó son, al final, el mismo. Ninguna torre se sostiene sin comunidad. Ninguna comunidad se construye sin mirarse a los ojos. O levantamos juntos una ciudad donde quepamos y vivamos todos —también con la inteligencia artificial—, o no habremos construido nada que merezca quedar en pie.

El enlace en el periódico: https://www.ultimahora.com/babel-en-la-oficina

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